Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:
La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como al página del Evangelio según Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugerente imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que hemos ya escuchado hablar en los domingos precedentes. La perícopa inicial de la narración evangélica hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto situado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar sumamente familiar a quienes escuchaban a Jesús, y de la que --como en otras referencias de los profetas (Cf. Oseas 10,1; Jeremías 2,21; Ezequiel 17,3-0; 19,10-14; Salmos 79,9-17)-- se comprendía que la viña hacía referencia a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha escogido, los mismos cuidados que un esposo fiel ofrece a su esposa (cfr Ezequiel 16,1-14; Efesios 5,25-33).
La imagen de la viña, junto a la de las bodas, describe por tanto el proyecto divino de la salvación, y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el Evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a quienes le escuchan y a la nueva hora de la historia de la salvación. No se fija tanto en la viña, sino más bien en los viñadores, a quienes los "servidores" del dueño piden, en su nombre, el arrendamiento. Los servidores son maltratados e incluso asesinados. ¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietarios de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él le escucharán. Sin embargo, sucede lo contrario: los viñadores le matan porque es su hijo, es decir, el heredero, convencidos de apoderarse fácilmente de la viña. Nos encontramos, por tanto, ante un salto de calidad frente a la acusación de violación de la justicia social, como se puede ver en el cántico de Isaías. Aquí vemos con claridad cómo el desprecio por la orden impartida por el dueño se convierte en desprecio de él: no es simple desobediencia a un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la Cruz.
La denuncia de esta página evangélica interpela a nuestra manera de pensar y actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la Cruz en aquel momento, sino de la presencia de la Cruz en todos los tiempos. Interpela, de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia, Dios, si bien nunca abandona su promesa de salvación, ha tenido que recurrir al castigo. En este contexto, el pensamiento se dirige espontáneamente al primer anuncio del Evangelio del que surgieron comunidades cristianas, en un primer momento florecientes, que después desaparecieron y que hoy sólo son recordadas por los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo.
Desembarazándose de Dios, al no esperar de Él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que quiere y ponerse como la única medida de sí mismo y de su acción. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha "muerto", ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y únicos dueños de la creación, ¿pueden verdaderamente construir una sociedad en la que reinen la libertad, la justicia y al paz? ¿O no sucede más bien --como lo demuestran cotidianamente las crónicas-- que se difunden el poder arbitrario, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.
Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su destino a los viñadores infieles, el dueño no abandona a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si bien en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por este motivo Jesús, citando el Salmo Salmo 117 [118] --"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular" (versículo 22)--, asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte, no permanecerá en la tumba, es más, precisamente lo que parecerá un fracaso total, será el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte le seguirá la gloria de la resurrección. La viña seguirá entonces dando uva y será arrendada por el dueño "a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo" (Mateo 21,41).
La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales, volverá en el discurso de la Última Cena, cuando al despedirse de los apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Juan 15,1-2). A partir del acontecimiento pascual, la historia de la salvación experimentará, por tanto, un giro decisivo, y los protagonistas serán esos "nuevos labradores" que, injertados como brotes en Cristo, verdadera vid, llevará frutos abundantes de vida eterna (Cf. Colecta de la liturgia de este domingo). Entre estos "labradores" nos encontramos también nosotros, injertados en Cristo, quien quiso convertirse Él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, quien nos entrega su sangre, a sí mismo, en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.
El consolador mensaje que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, quien se convirtió en el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa. Renovaremos significativamente este anuncio durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tiene por tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Quisiera saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Acojo también con alegría a los delegados fraternos de otras iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores les expreso el reconocimiento de todos por el comprometedor trabajo que han realizado en estos meses y por el cansancio que les espera en las próximas semanas.
Cuando Dios habla, siempre exige una respuesta; su acción de salvación exige la cooperación humana; su amor espera ser correspondido. Que no suceda nunca, queridos hermanos y hermanas, lo que narra el texto bíblico sobre la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agraces" (Cf. Isaías 5,2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón del hombre, por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea. De hecho, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la conforman. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el Reino de Dios (Cf. Marcos 1,14-15), pero el Reino de Dios es la misma persona de Jesús, que con sus palabras y obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. En este sentido es interesante la consideración de san Jerónimo: "Quien no conoce las Escrituras, no conoce la potencia de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24,17).
En este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: "¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Corintos 9,16); grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mateo 9,37), repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Se hace entonces indispensable el que los cristianos de todo continente estén dispuestos a responder a quien pida razón de la esperanza que les habita (Cf. 1 Pedro 3,15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio.
Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a plantearnos juntos, durante las próximas semanas de las sesiones sinodales, cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine a todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida. Al participar en la celebración eucarística, experimentamos cada vez más el íntimo lazo que se da entre el anuncio de la Palabra de Dios y el Sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se nos ofrece a nuestra contemplación. Por este motivo "la Iglesia -como subraya el Concilio Vaticano II-- ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia" (Dei Verbum, 21)
Con razón el Concilio concluye: "Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que 'permanece para siempre'" (Dei Verbum, 26).
Que el Señor nos permita acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos alcance este don María Santísima, quien "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lucas 2,19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que nunca separe la inteligencia del corazón. Que nos ayuden también los santos, en particular el apóstol Pablo, a quien estamos descubriendo cada vez más este año como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. ¡Amén!
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
jueves, 9 de octubre de 2008
lunes, 6 de octubre de 2008
Homilia de Benedicto XVI
Homilía de Benedicto XVI en la clausura del 49 Congreso Eucarístico Internacional Quebec
Calificación del usuario: / 6 MaloBueno
Escrito por Ecclesia Digital
lunes, 23 de junio de 2008
OMELIA DEL SANTO PADRE
Messieurs les Cardinaux,
Excellences,
Chers Frères et Sœurs,
Alors que vous êtes réunis pour le quarante-neuvième Congrès eucharistique international, je suis heureux de vous rejoindre par le moyen de la télévision et de m’associer ainsi à votre prière. Je voudrais tout d’abord saluer Monsieur le Cardinal Marc Ouellet, Archevêque de Québec, et Monsieur le Cardinal Jozef Tomko, Envoyé spécial pour le Congrès, ainsi que tous les cardinaux et évêques présents. J’adresse aussi mes salutations cordiales aux personnalités de la société civile qui ont tenu à prendre part à la liturgie.
Ma pensée affectueuse rejoint les prêtres, les diacres et tous les fidèles présents, de même que tous les catholique du Québec, de l’ensemble du Canada et des autres continents. Je n’oublie pas que votre pays célèbre cette année le quatre centième anniversaire de sa fondation. C’est une occasion pour que chacun se rappelle les valeurs qui ont animé les pionniers et les missionnaires dans votre pays.
«L’Eucharistie, don de Dieu pour la vie du monde», tel est le thème choisi pour ce nouveau Congrès eucharistique international. L’Eucharistie est notre plus beau trésor. Elle est le sacrement par excellence; elle nous introduit par avance dans la vie éternelle; elle contient tout le mystère de notre salut; elle est la source et le sommet de l’action et de la vie de l’Église, comme le rappelait le Concile Vatican II (Sacrosanctum Concilium, n. 8). Il est donc particulièrement important que les pasteurs et les fidèles s’attachent en permanence à approfondir ce grand sacrement. Chacun pourra ainsi affermir sa foi et remplir toujours mieux sa mission dans l’Église et dans le monde, se rappelant qu’il y a une fécondité de l’Eucharistie dans sa vie personnelle, dans la vie de l’Église et du monde. L’Esprit de vérité témoigne dans vos cœurs; témoignez, vous aussi, du Christ devant les hommes, comme le dit l’antienne de l’alléluia de cette Messe. La participation à l’Eucharistie n’éloigne donc pas de nos contemporains, au contraire, parce qu’elle est l’expression par excellence de l’amour de Dieu, elle nous appelle à nous engager avec tous nos frères pour faire face aux défis présents et pour faire de la planète un lieu où il fait bon vivre. Pour cela, il nous faut sans cesse lutter pour que toute personne soit respectée depuis sa conception jusqu’à sa mort naturelle, que nos sociétés riches accueillent les plus pauvres et leur redonnent toute leur dignité, que toute personne puisse se nourrir et faire vivre sa famille, que la paix et la justice rayonnent dans tous les continents. Tels sont quelques défis qui doivent mobiliser tous nos contemporains et pour lesquels les chrétiens doivent puiser leur force dans le mystère eucharistique.
"The Mystery of Faith": this we proclaim at every Mass. I would like everyone to make a commitment to study this great mystery, especially by revisiting and exploring, individually and in groups, the Council’s text on the Liturgy, Sacrosanctum Concilium, so as to bear witness courageously to the mystery. In this way, each person will arrive at a better grasp of the meaning of every aspect of the Eucharist, understanding its depth and living it with greater intensity. Every sentence, every gesture has its own meaning and conceals a mystery. I sincerely hope that this Congress will serve as an appeal to all the faithful to make a similar commitment to a renewal of Eucharistic catechesis, so that they themselves will gain a genuine Eucharistic awareness and will in turn teach children and young people to recognize the central mystery of faith and build their lives around it. I urge priests especially to give due honour to the Eucharistic rite, and I ask all the faithful to respect the role of each individual, both priest and lay, in the Eucharistic action. The liturgy does not belong to us: it is the Church’s treasure.
Reception of the Eucharist, adoration of the Blessed Sacrament – by this we mean deepening our communion, preparing for it and prolonging it – is also about allowing ourselves to enter into communion with Christ, and through him with the whole of the Trinity, so as to become what we receive and to live in communion with the Church. It is by receiving the Body of Christ that we receive the strength "of unity with God and with one another" (Saint Cyril of Alexandria, In Ioannis Evangelium, 11:11; cf. Saint Augustine, Sermo 577). We must never forget that the Church is built around Christ and that, as Saint Augustine, Saint Thomas Aquinas and Saint Albert the Great have all said, following Saint Paul (cf. 1 Cor 10:17), the Eucharist is the sacrament of the Church’s unity, because we all form one single body of which the Lord is the head. We must go back again and again to the Last Supper on Holy Thursday, where we were given a pledge of the mystery of our redemption on the Cross. The Last Supper is the locus of the nascent Church, the womb containing the Church of every age. In the Eucharist, Christ’s sacrifice is constantly renewed, Pentecost is constantly renewed. May all of you become ever more deeply aware of the importance of the Sunday Eucharist, because Sunday, the first day of the week, is the day when we honour Christ, the day when we receive the strength to live each day the gift of God.
Je voudrais aussi inviter les pasteurs et les fidèles à une attention renouvelée à leur préparation à la réception de l’Eucharistie. Malgré notre faiblesse et notre péché, le Christ veut faire en nous sa demeure, lui demandant la guérison. Pour cela, il nous faut faire tout ce qui est en notre pouvoir pour le recevoir dans un cœur pur, en retrouvant sans cesse, par le sacrement du pardon, la pureté que le péché a entaché, «mettant en accord notre âme et notre voix», selon l’invitation du Concile (cf. Sacrosanctum Concilium, n. 11). En effet, le péché, surtout le péché grave, s’oppose à l’action de la grâce eucharistique en nous. D’autre part, ceux qui ne peuvent pas communier en raison de leur situation trouveront cependant dans une communion de désir et dans la participation à l’Eucharistie une force et une efficacité salvatrice.
L’Eucharistie a une place toute spéciale dans la vie des saints. Rendons grâce à Dieu pour l’histoire de sainteté du Québec et du Canada, qui a contribué à la vie missionnaire de l’Église. Votre pays honore particulièrement ses martyrs canadiens, Jean de Brébeuf, Isaac Jogues et leurs compagnons, qui ont su donner leur vie pour le Christ, s’associant ainsi à son sacrifice sur la Croix. Ils appartiennent à la génération des hommes et des femmes qui ont fondé et développé l'Église au Canada, avec Marguerite Bourgeoys, Marguerite d'Youville, Marie de l'Incarnation, Marie-Catherine de Saint-Augustin, Mgr François de Laval, fondateur du premier diocèse en Amérique du Nord, Dina Bélanger et Kateri Tekakwitha. Mettez-vous à leur école; comme eux, soyez sans crainte; Dieu vous accompagne et vous protège; faites de chaque jour une offrande à la gloire de Dieu le Père et prenez votre part dans la construction du monde, vous souvenant avec fierté de votre héritage religieux et de son rayonnement social et culturel, et prenant soin de répandre autour de vous les valeurs morales et spirituelles qui nous viennent du Seigneur.
L’Eucharistie n’est pas qu’un repas entre amis. Elle est mystère d’alliance. «Les prières et les rites du sacrifice eucharistique font sans cesse revivre devant les yeux de notre âme, au fil du cycle liturgique, toute l'histoire du salut, et nous en font pénétrer toujours davantage la signification» (S. Thérèse-Bénédicte de la Croix, [Edith Stein], Wege zur inneren Stille Aschaffenburg, 1987, p. 67). Nous sommes appelés à entrer dans ce mystère d’alliance en conformant chaque jour davantage notre vie au don reçu dans l’Eucharistie. Elle a un caractère sacré, comme le rappelle le Concile Vatican II: «Toute célébration liturgique, en tant qu’œuvre du Christ prêtre et de son Corps qui est l’Église, est l’action sacrée par excellence, dont nulle autre action de l’Église n’égale l’efficacité au même titre et au même degré» (Sacrosanctum Concilium, n. 7). D’une certaine manière, elle est une «liturgie céleste», anticipation du banquet dans le Royaume éternel, annonçant la mort et la résurrection du Christ, jusqu’à ce qu’il vienne (cf. 1 Co 11, 26).
Pour que jamais le peuple de Dieu ne manque de ministres pour lui donner le Corps du Christ, il nous faut demander au Seigneur de faire à son Église le don de nouveaux prêtres. Je vous invite aussi à transmettre l’appel au sacerdoce aux jeunes garçons, pour qu’ils acceptent avec joie et sans peur de répondre au Christ. Ils ne seront pas déçus. Que les familles soient le lieu primordial et le berceau des vocations.
Avant de terminer, c’est avec joie que je vous annonce le rendez-vous du prochain Congrès eucharistique international. Il se tiendra à Dublin en Irlande, en 2012. Je demande au Seigneur de vous faire découvrir à chacun la profondeur et la grandeur du mystère de la foi. Que le Christ, présent dans l’Eucharistie, et l’Esprit Saint, invoqué sur le pain et le vin, vous accompagnent sur votre route quotidienne et dans votre mission. Qu’à l’image de la Vierge Marie, vous soyez disponible à l’œuvre de Dieu en vous. Vous confiant à l’intercession de Notre-Dame, de sainte Anne, patronne du Québec, et de tous les saints de votre terre, je vous accorde à tous une affectueuse Bénédiction apostolique, ainsi qu’à toutes les personnes présentes, venues des différents pays du monde.
Dear friends, as this significant event in the life of the Church draws to a conclusion I invite you all to join me in praying for the success of the next International Eucharistic Congress, which will take place in 2012 in the city of Dublin! I take this opportunity to greet warmly the people of Ireland, as they prepare to host this ecclesial gathering. I am confident that they, together with all the participants at the next Congress, will find it a source of lasting spiritual renewal.
[00987-XX.01] [Testo originale: Plurilingue]
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lunes, 23 de junio de 2008
OMELIA DEL SANTO PADRE
Messieurs les Cardinaux,
Excellences,
Chers Frères et Sœurs,
Alors que vous êtes réunis pour le quarante-neuvième Congrès eucharistique international, je suis heureux de vous rejoindre par le moyen de la télévision et de m’associer ainsi à votre prière. Je voudrais tout d’abord saluer Monsieur le Cardinal Marc Ouellet, Archevêque de Québec, et Monsieur le Cardinal Jozef Tomko, Envoyé spécial pour le Congrès, ainsi que tous les cardinaux et évêques présents. J’adresse aussi mes salutations cordiales aux personnalités de la société civile qui ont tenu à prendre part à la liturgie.
Ma pensée affectueuse rejoint les prêtres, les diacres et tous les fidèles présents, de même que tous les catholique du Québec, de l’ensemble du Canada et des autres continents. Je n’oublie pas que votre pays célèbre cette année le quatre centième anniversaire de sa fondation. C’est une occasion pour que chacun se rappelle les valeurs qui ont animé les pionniers et les missionnaires dans votre pays.
«L’Eucharistie, don de Dieu pour la vie du monde», tel est le thème choisi pour ce nouveau Congrès eucharistique international. L’Eucharistie est notre plus beau trésor. Elle est le sacrement par excellence; elle nous introduit par avance dans la vie éternelle; elle contient tout le mystère de notre salut; elle est la source et le sommet de l’action et de la vie de l’Église, comme le rappelait le Concile Vatican II (Sacrosanctum Concilium, n. 8). Il est donc particulièrement important que les pasteurs et les fidèles s’attachent en permanence à approfondir ce grand sacrement. Chacun pourra ainsi affermir sa foi et remplir toujours mieux sa mission dans l’Église et dans le monde, se rappelant qu’il y a une fécondité de l’Eucharistie dans sa vie personnelle, dans la vie de l’Église et du monde. L’Esprit de vérité témoigne dans vos cœurs; témoignez, vous aussi, du Christ devant les hommes, comme le dit l’antienne de l’alléluia de cette Messe. La participation à l’Eucharistie n’éloigne donc pas de nos contemporains, au contraire, parce qu’elle est l’expression par excellence de l’amour de Dieu, elle nous appelle à nous engager avec tous nos frères pour faire face aux défis présents et pour faire de la planète un lieu où il fait bon vivre. Pour cela, il nous faut sans cesse lutter pour que toute personne soit respectée depuis sa conception jusqu’à sa mort naturelle, que nos sociétés riches accueillent les plus pauvres et leur redonnent toute leur dignité, que toute personne puisse se nourrir et faire vivre sa famille, que la paix et la justice rayonnent dans tous les continents. Tels sont quelques défis qui doivent mobiliser tous nos contemporains et pour lesquels les chrétiens doivent puiser leur force dans le mystère eucharistique.
"The Mystery of Faith": this we proclaim at every Mass. I would like everyone to make a commitment to study this great mystery, especially by revisiting and exploring, individually and in groups, the Council’s text on the Liturgy, Sacrosanctum Concilium, so as to bear witness courageously to the mystery. In this way, each person will arrive at a better grasp of the meaning of every aspect of the Eucharist, understanding its depth and living it with greater intensity. Every sentence, every gesture has its own meaning and conceals a mystery. I sincerely hope that this Congress will serve as an appeal to all the faithful to make a similar commitment to a renewal of Eucharistic catechesis, so that they themselves will gain a genuine Eucharistic awareness and will in turn teach children and young people to recognize the central mystery of faith and build their lives around it. I urge priests especially to give due honour to the Eucharistic rite, and I ask all the faithful to respect the role of each individual, both priest and lay, in the Eucharistic action. The liturgy does not belong to us: it is the Church’s treasure.
Reception of the Eucharist, adoration of the Blessed Sacrament – by this we mean deepening our communion, preparing for it and prolonging it – is also about allowing ourselves to enter into communion with Christ, and through him with the whole of the Trinity, so as to become what we receive and to live in communion with the Church. It is by receiving the Body of Christ that we receive the strength "of unity with God and with one another" (Saint Cyril of Alexandria, In Ioannis Evangelium, 11:11; cf. Saint Augustine, Sermo 577). We must never forget that the Church is built around Christ and that, as Saint Augustine, Saint Thomas Aquinas and Saint Albert the Great have all said, following Saint Paul (cf. 1 Cor 10:17), the Eucharist is the sacrament of the Church’s unity, because we all form one single body of which the Lord is the head. We must go back again and again to the Last Supper on Holy Thursday, where we were given a pledge of the mystery of our redemption on the Cross. The Last Supper is the locus of the nascent Church, the womb containing the Church of every age. In the Eucharist, Christ’s sacrifice is constantly renewed, Pentecost is constantly renewed. May all of you become ever more deeply aware of the importance of the Sunday Eucharist, because Sunday, the first day of the week, is the day when we honour Christ, the day when we receive the strength to live each day the gift of God.
Je voudrais aussi inviter les pasteurs et les fidèles à une attention renouvelée à leur préparation à la réception de l’Eucharistie. Malgré notre faiblesse et notre péché, le Christ veut faire en nous sa demeure, lui demandant la guérison. Pour cela, il nous faut faire tout ce qui est en notre pouvoir pour le recevoir dans un cœur pur, en retrouvant sans cesse, par le sacrement du pardon, la pureté que le péché a entaché, «mettant en accord notre âme et notre voix», selon l’invitation du Concile (cf. Sacrosanctum Concilium, n. 11). En effet, le péché, surtout le péché grave, s’oppose à l’action de la grâce eucharistique en nous. D’autre part, ceux qui ne peuvent pas communier en raison de leur situation trouveront cependant dans une communion de désir et dans la participation à l’Eucharistie une force et une efficacité salvatrice.
L’Eucharistie a une place toute spéciale dans la vie des saints. Rendons grâce à Dieu pour l’histoire de sainteté du Québec et du Canada, qui a contribué à la vie missionnaire de l’Église. Votre pays honore particulièrement ses martyrs canadiens, Jean de Brébeuf, Isaac Jogues et leurs compagnons, qui ont su donner leur vie pour le Christ, s’associant ainsi à son sacrifice sur la Croix. Ils appartiennent à la génération des hommes et des femmes qui ont fondé et développé l'Église au Canada, avec Marguerite Bourgeoys, Marguerite d'Youville, Marie de l'Incarnation, Marie-Catherine de Saint-Augustin, Mgr François de Laval, fondateur du premier diocèse en Amérique du Nord, Dina Bélanger et Kateri Tekakwitha. Mettez-vous à leur école; comme eux, soyez sans crainte; Dieu vous accompagne et vous protège; faites de chaque jour une offrande à la gloire de Dieu le Père et prenez votre part dans la construction du monde, vous souvenant avec fierté de votre héritage religieux et de son rayonnement social et culturel, et prenant soin de répandre autour de vous les valeurs morales et spirituelles qui nous viennent du Seigneur.
L’Eucharistie n’est pas qu’un repas entre amis. Elle est mystère d’alliance. «Les prières et les rites du sacrifice eucharistique font sans cesse revivre devant les yeux de notre âme, au fil du cycle liturgique, toute l'histoire du salut, et nous en font pénétrer toujours davantage la signification» (S. Thérèse-Bénédicte de la Croix, [Edith Stein], Wege zur inneren Stille Aschaffenburg, 1987, p. 67). Nous sommes appelés à entrer dans ce mystère d’alliance en conformant chaque jour davantage notre vie au don reçu dans l’Eucharistie. Elle a un caractère sacré, comme le rappelle le Concile Vatican II: «Toute célébration liturgique, en tant qu’œuvre du Christ prêtre et de son Corps qui est l’Église, est l’action sacrée par excellence, dont nulle autre action de l’Église n’égale l’efficacité au même titre et au même degré» (Sacrosanctum Concilium, n. 7). D’une certaine manière, elle est une «liturgie céleste», anticipation du banquet dans le Royaume éternel, annonçant la mort et la résurrection du Christ, jusqu’à ce qu’il vienne (cf. 1 Co 11, 26).
Pour que jamais le peuple de Dieu ne manque de ministres pour lui donner le Corps du Christ, il nous faut demander au Seigneur de faire à son Église le don de nouveaux prêtres. Je vous invite aussi à transmettre l’appel au sacerdoce aux jeunes garçons, pour qu’ils acceptent avec joie et sans peur de répondre au Christ. Ils ne seront pas déçus. Que les familles soient le lieu primordial et le berceau des vocations.
Avant de terminer, c’est avec joie que je vous annonce le rendez-vous du prochain Congrès eucharistique international. Il se tiendra à Dublin en Irlande, en 2012. Je demande au Seigneur de vous faire découvrir à chacun la profondeur et la grandeur du mystère de la foi. Que le Christ, présent dans l’Eucharistie, et l’Esprit Saint, invoqué sur le pain et le vin, vous accompagnent sur votre route quotidienne et dans votre mission. Qu’à l’image de la Vierge Marie, vous soyez disponible à l’œuvre de Dieu en vous. Vous confiant à l’intercession de Notre-Dame, de sainte Anne, patronne du Québec, et de tous les saints de votre terre, je vous accorde à tous une affectueuse Bénédiction apostolique, ainsi qu’à toutes les personnes présentes, venues des différents pays du monde.
Dear friends, as this significant event in the life of the Church draws to a conclusion I invite you all to join me in praying for the success of the next International Eucharistic Congress, which will take place in 2012 in the city of Dublin! I take this opportunity to greet warmly the people of Ireland, as they prepare to host this ecclesial gathering. I am confident that they, together with all the participants at the next Congress, will find it a source of lasting spiritual renewal.
[00987-XX.01] [Testo originale: Plurilingue]
lunes, 06 de octubre de 2008
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TODO SOBRE EL SÍNODO DE LA PALABRA
“La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”, tema de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, el vigésimo segundo Sínodo del Concilio Vaticano II
Con una solemne Eucaristía, en la basílica romana de San Pablo Extramuros, presidida por el Papa Benedicto XVI, comenzaba el domingo 5 de octubre la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Es el vigésimo segundo Sínodo de los obispos, tras el Concilio Vaticano II.
La Asamblea sinodal se prolonga durante tres semanas. Su clausura tendrá lugar también con una Eucaristía, ahora en la basílica vaticana, en la mañana del domingo 26 de octubre. La continuidad, la novedad y un fuerte acento ecuménico caracterizan la asamblea.
Participantes: presencias y ausencias
El día anterior a la clausura del Sínodo, sábado 25, se presentará a la opinión pública las conclusiones de esta Asamblea, en la que las intervenciones previstas de los padres sinodales se recortarán tres minutos -de ocho minutos hasta ahora a cinco minutos en este Sínodo- para incluir intervenciones espontáneas al final de las sesiones vespertinas congregaciones generales, entre las 18 y las 19 horas. También se reducirá el tiempo del trabajo sinodal en los círculos menores lingüísticos y se introducirán algunas otras novedades metodológicas. Con ello, se pretende agilizar el desarrollo de los trabajos, como ya aconteció en el Sínodo de octubre de 2005.
El número de participantes asciende a 253 padres sinodales representantes de 113 conferencias episcopales, de 13 Iglesias orientales católicas “sui iuris”, los responsables de los 25 dicasterios de la Curia Romana y 10 representantes de la Unión de los Superiores Generales. También asistirán 41 expertos procedentes de 21 países y 37 auditores de 26 países. Entre los expertos hay 6 mujeres y las auditoras son 19, una más que los auditores.
Lamentablemente no podrán asistir al Sínodo obispos de China continental, al serles denegado el preceptivo permiso gubernativo. Sí habrá, en cambio, sinodales de Macao y de Hong Kong.
Bartolomé I y el Rabino de Haifa
Participan asimismo –como es habitual- algunos delegados fraternos representantes de 10 Iglesias y comunidades eclesiales. Uno de ellos es el patriarca ecuménico de Constantinopla, Bartolomé I. Además del patriarcado ecuménico están representados los patriarcados de Moscú, de Serbia y de Rumania, la Iglesia Ortodoxa de Grecia y la Iglesia Apostólica Armenia, así como la Comunión Anglicana, la Federación Luterana Mundial, la Iglesia de los Discípulos de Cristo y el Consejo Mundial de Iglesias.
También asisten a los trabajos sinodales tres invitados especiales del Santo Padre: el Rabino jefe de Haifa, Shear Yashyv Cohen, que en la tarde del 6 de octubre habla a los padres sinodales sobre cómo el Pueblo Judío lee e interpreta la Sagrada Escritura. Es la primera vez que un rabino y un no cristiano se dirigen a los participantes en el sínodo. Los otros dos invitados especiales son el reverendo A. Millar Milloy, secretario general de las “United Bible Societies” y el hermano Alois, prior de la Comunidad Ecuménica de Taizé.
El 18 de octubre habrá un importante y significativo acto y encuentro ecuménico: el Papa y el Patriarca de Constantinopla, líder de la Iglesia Ortodoxa, Bartolomé I, presidirán en el Aula del Sínodo las primera vísperas del domingo XXIX del tiempo ordinario y pronunciarán un discurso sobre el tema de la Palabra de Dios, con particular referencia al Año Paulino. Es la primera vez que el patriarca ecuménico se dirige a los padres sinodales.
La asamblea conocerá cómo se percibe la Palabra de Dios en los cinco continentes y evaluará además el anterior Sínodo, el de 2005 dedicado a la Eucaristía. El lunes 6 de octubre por la tarde hay discusión libre tras las cinco relaciones -cada una de diez minutos- en las que cinco obispos pondrán de relieve cómo el tema sinodal se percibe en los cinco continentes. Por último, está prevista una intervención de unos 30 minutos sobre la recepción de la exhortación apostólica postsinodal “Sacramentum caritatis” de Benedicto XVI, a la que seguirá una discusión libre sobre este tema.
“La Biblia, noche y día”
Como actividad extra sinodal, pero paralela y complementaria esta, a partir de la siete de la tarde del domingo 5 de octubre la RAI 2 –el segundo canal de la televisión pública italiana- emitirá una lectura ininterrumpida de toda la Biblia. La actividad dura siete días y seis noches: desde la tarde del domingo 5 hasta la noche del sábado día 11. El Papa Benedicto XVI abre el turno de lectores de la Palabra de Dios, con el primer capítulo de Génesis.
Hay 1.200 lectores, algunos de ellos conocidas personalidades eclesiales, sociales y culturales. Otros son hermanos cristianos no católicos y hay también voluntarios. Representan a medio centenar de países. La basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén es la sede esta iniciativa televisiva.
Bajo el signo de Pablo, bajo el signo de los santos
“La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia” es el tema de la asamblea, que se presenta, de este modo, con un objetivo claramente pastoral: que la Iglesia conozca más y mejor la Palabra de Dios, que se nutra más y mejor de ella.
Quizás por este motivo y en coincidencia con el segundo milenario del nacimiento del apóstol San Pablo, desde el pasado 28 de junio y hasta el próximo 29 de junio, la Iglesia celebra, por decisión del Papa Benedicto XVI, un especial Año Jubilar Paulino. Pablo es el autor de catorce libros del Nuevo Testamento y protagonista, en buena media, de otro. Decir Pablo es decir Palabra de Dios y bajo su signo se va a desarrollar el Sínodo, que es, a su vez, una de las principales actividades del Año Santo. Como hecho significativo, la misa de apertura del Sínodo ha sido en la basílica de San Pablo Extramuros, donde se conservan y veneran las reliquias del apóstol de las gentes, el apóstol de la Palabra. Ha sido la primera vez en la historia de los Sínodos de los Obispos que la misa de apertura de una asamblea sinodal es un lugar distinto a la basílica vaticana.
Además, siguiendo con una praxis de anteriores Sínodos, en el transcurso de esta Asamblea habrá también canonizaciones. Será en la plaza de San Pedro el domingo 12 de octubre. Benedicto XVI inscribirá en el libro de los santos a la terciaria clarisa Alfonsa de la Inmaculada Concepción -la primera santa india-, al sacerdote italiano Gaetano Errico, a la religiosa suiza María Bernarda Bütler y a la laica ecuatoriana Narcisa de Jesús Martillo Morán.
Otra celebración especial que tiene lugar durante el transcurso del Sínodo es la Eucaristía del jueves 9 de octubre en el cincuenta aniversario de la muerte del Papa Pío XII (1939-1958). El Papa Benedicto XVI preside en la basílica vaticana una misa, a partir de las 11,30 horas.
Lo que es un Sínodo de Obispos
En el espíritu del Concilio Vaticano II, nacían, a través del Motu Propio del Papa Pablo VI Apostolica sollicitudo, los Sínodos de los obispos. Era el año 1965. El mismo Pablo VI definía precisa y espléndidamente lo qué es un Sínodo: "Es una institución eclesiástica establecida tras el Concilio Vaticano II para favorecer la unión y la colaboración de los obispos de todo el mundo con la Sede Apostólica, mediante un estudio común de las condiciones de la Iglesia y las soluciones pertinentes sobre las cuestiones relativas a su misión. No es un Concilio, no es un Parlamento, sino que el Sínodo tiene su propia y particular naturaleza". Son palabras pronunciadas por el Papa Montini en el "Angelus" del 22 de septiembre de 1974.
Como una "expresión particularmente fructuosa y como un instrumento de la colegialidad episcopal" definía al Sínodo de los obispos el Papa Juan Pablo II en 1983. La etimología de la palabra "Sínodo" es de origen griego: "syn" signfica "juntos" y "hodos" significa "camino". El Sínodo es, pues, "caminar juntos". Es un medio aptísimo de ayuda y de colaboración con el Papa para el gobierno de la Iglesia y conlleva el intercambio de experiencias y de informaciones y la búsqueda y propuestas al Papa de soluciones pastorales conjuntas que tengan validez y vigencia para toda la Iglesia.
Benedicto XVI acaba de recordar las cuatro finalidades del Sínodo de los obispos: favorecer una estrecha unión y colaboración entre el Papa y los obispos de todo el mundo; ofrecer información directa y exacta acerca de la situación y de los problemas de la Iglesia; promover y facilitar el acuerdo y la coordinación sobre la doctrina y la acción pastoral; y afrontar temáticas de gran importancia y actualidad.
Cuatro tipos de Sínodos
Hay cuatro tipos de Sínodos de obispos: general ordinario, general extraordinario, particular y especial. Desde 1967, se han celebrado veintiuna Asambleas Sinodales Episcopales. Esta de octubre de 2008 sobre la Palabra de Dios es la vigésimo segunda, la duodécima general ordinaria y la segunda de Benedicto XVI.
En 1969 y 1985 tuvieron lugar sendas Asambleas extraordinarias; en 1980, una Asamblea particular, concretamente para la Iglesia en Holanda; y otras siete especiales, dos para Europa, una para Líbano, para África, para Asia y para Oceanía.
En principio, los Sínodos de los Obispos, en sus asambleas generales ordinarias, son convocados cada tres años, si bien en la década de los noventa del siglo XX hubo ocho Sínodos, la mayoría de ellos especiales en preparación al Gran Jubileo del Año 2000.
Son padres sinodales –con derecho a voz y a voto- aquellas personas nombradas directamente por él, los jefes de los dicasterios de la Curia Romana, los representantes de las Conferencias Episcopales y diez representantes de los Congregaciones religiosas clericales. Hay también –con voz, pero sin voto- expertos, auditores y delegados fraternos de otras Iglesias y Confesiones cristianas, amén del personal auxiliar y de servicios que coordina la secretaría del Sínodo. En total, el número de participantes en los Sínodos nunca ha rebasado los trescientos.
Sínodos Ordinarios
En los Sínodos Ordinarios se han abordado temas como la evangelización, la catequesis, la familia, la reconciliación, el laicado, la formación sacerdotal, la vida consagrada y el ministerio episcopal. Estos Sínodos tuvieron lugar en los años 1974, 1977, 1980, 1983, 1987, 1990, 1994 y 2001, respectivamente. Son los Sínodos “sectoriales”, recogidos después en las exhortaciones apostólicas Evangelii nuntiandi, Catechesi tradendae, Familiaris consortio, Reconciliatio et paenitentia, Christifidelis laici, Pastores dabo vobis, Vita consecrata y Pastores gregis, respectivamente.
En 2005 comenzaron los Sínodos “temáticos” con la Eucaristía –Sacramentum caritatis es el título de la correspondiente exhortación apostólica postsinodal- y ahora con la Palabra de Dios.
En el otoño de 1985 se desarrolló la Asamblea general extraordinaria dedicada al XX aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II. No se emanó después exhortación apostólica.
Sínodos especiales
En la primavera de 1994 tenía lugar la I Asamblea Especial para Africa. Fue el primer Sínodo continental previo al Gran Jubileo del año 2000. En septiembre de 1995, el Papa Juan Pablo II hacía público en tres países del continente negro la exhortación apostólica postsinodal "Ecclesia in Africa", a modo de conclusión de la Asamblea sinodal, cuyo tema se tituló "La Iglesia en Africa y su misión evangelizadora hacia el año 2000: Seréis mis testigos". Ya está convocado el segundo Sínodo para Africa. «La Iglesia en África al servicio de la reconciliación, de la justicia y de la paz. ‘Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo» es su tema. Se celebrará en el Vaticano del 4 al 28 de octubre de 2009.
En diciembre de 1995, tuvo lugar otra Asamblea Especial para la Iglesia en El Líbano, traducida después, en mayo de 1998, a la exhortación apostólica Una speranza nouva per Il Libano, promulgada en Beirut.
A finales de otoño de 1997 se celebraba el Sínodo para América, titulado "Encuentro con Jesús vivo: el camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América". En Guadalupe (México), en enero de 1999, el Papa Juan Pablo II presentaba la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America.
En la primavera de 1998 tenía lugar el Sínodo para Asia, cuya exhortación apostólica correspondiente fue hecha pública en el 6 de noviembre de 1999, en el transcurso del viaje del Papa Juan Pablo II a la India. "Jesucristo el Salvador y su misión de amor y servicio en Asia: para que tengamos vida y la tengamos en abundancia" fue el lema del Sínodo.
En el final del otoño de 1998 llegó el turno para la Asamblea Especial sobre Oceanía, el más reciente de los continentes. La exhortación apostólica postsinodal correspondiente se hizo pública en noviembre de 2001 -a través de internet y del correo electrónico- bajo el título Ecclesia in Oceania. "Jesucristo y los pueblos de Oceanía: siguiendo su camino, proclamando su verdad y viviendo su vida" fue el tema de la Asamblea.
En octubre de 1999, se celebró la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos, el último Sínodo previo al Gran Jubileo del Año 2000. "Jesucristo, vivo en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa" fue su lema. El 29 de junio de 2003 se publicaba la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa. Sobre Europa, tras la caída del muro de Berlín, hubo otra Asamblea sinodal episcopal, diciembre de 1991, que no se tradujo en ningún documento pontificio específico.
La “mesa” del Sínodo 2008
El Papa es el presidente nato del Sínodo. El debe convocarlo y sancionarlo y puede presidirlo por sí mismo y mediante delegados. Los Papas, aun asistiendo a la práctica totalidad de las Congregaciones generales de las Asambleas Sinodales, nombran también a tres presidentes delegados.
Para esta XII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos serán presidentes delegados los cardenales William Joseph Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de nacionalidad norteamericana; el brasileño Pedro Odilio Scherer, arzobispo de Sao Paulo; y George Pell, arzobispo de Sydney (Australia), quien ha sustituido en este servicio al indio Oswald Gracias, cardenal arzobispo de Bombay, nombrado inicialmente, que no puede asistir a la Asamblea.
El relator general del Sínodo -una figura muy importante en el desarrollo sinodal, a cuyo cargo están la ponencia o relación antes del debate y posterior al debate- será el cardenal Marc Ouellet, arzobispo de Québec, religioso sulpiciano, experto teólogo y organizador del último Congreso Eucarístico Internacional. El secretario especial será monseñor Laurent Monsengwo Pasinya, arzobispo de Kinshasa (República Democrática del Congo). Había designado para esta función el arzobispo italiano Wilhelm Emil Egger, arzobispo de Bolzano y fraile capuchino, quien fallecía repentinamente el pasado 16 de agosto. Días antes había sido el anfitrión de las vacaciones del Papa.
Completa esta “mesa” del Sínodo, su “staff” otros tres altos prelados. El cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, arzobispo de Cape Coast (Ghana) y presidente de la Asamblea de Conferencias Episcopales de África Occidental (ACEAO), que preside la Comisión de Información. El italiano Gianfranco Ravasi, destacado teólogo y biblista, actual arzobispo presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, preside la Comisión para el Mensaje. Por fin, el norteamericano Raymond Leo Burke, presidente del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica y arzobispo emérito de San Luis, preside la Comisión para las Controversias o Comisión Disciplinar.
Esta “mesa” del Sínodo representan la universalidad de la Iglesia: cuatro continentes y la "especialidad" del tema en cuestión durante el Sínodo: la teología y la pastoral.
El Sínodo 2008 será el segundo del actual secretario general del Sínodo de los obispos, el arzobispo croata Nikola Eterovic, nombrado para el cargo en febrero de 2004, en sustitución del cardenal belga Jan P. Schotte, que había rebasado los 75 años de edad y que falleció en enero de 2005. El cardenal Schotte dirigió y coordinó los Sínodos -y sus trabajos previos y posteriores- durante cerca de dos décadas. Sustituyó al cardenal eslovaco Josef Tomko.
Veinte españoles en el Sínodo de la Palabra
Veinte españoles participan en este Sínodo. Representan a la CEE Antonio María Rouco (cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la CEE), Ricardo Blázquez (obispo de Bilbao y vicepresidente de la CEE) y Antonio Cañizares Llovera (cardenal arzobispo de Toledo). Monseñor Cañizares suple a Fernando Sebastián (arzobispo emérito de Pamplona), que había elegido por la CEE, pero que ha renunciado a participar en el Sínodo. Monseñor Sebastián, de cerca de 79 años, es el comisario pontificio de la Unión Lumen Dei.
Hay en el Sínodo otros cinco obispos españoles. Por designación directa del Santo Padre se halla el prelado del Opus Dei, Javier Echevarria. El canario Jesús Pérez Rodríguez, fraile franciscano y arzobispo de Sucre, representa a la Conferencia Episcopal de Bolivia. El escolapio riojano Félix Lázaro Martínez, obispo de Ponce, lo hace por la Conferencia Episcopal de Puerto Rico. El misionero comboniano Miguel Angel Sebastián, obispo de Laï, por la Conferencia Episcopal de Chad; y el misionero de IEME José Alberto Serrano Antón, obispo de Huange, por la Conferencia Episcopal de Zimbabwe. Estos dos últimos son aragoneses.
Ha ya también otros tres religiosos como padres sinodales: el gallego José Rodríguez Carballo, ministro general de los Franciscanos; y el catalán José Abella Batlle, superior general de los Misioneros Claretianos, en representación de la Unión de Superiores Generales (USG); y el general de la Compañía de Jesús, el palentino Adolfo Nicolás, nombrado directamente por el Papa. Es también padre sinodal, por designación directa del Papa, el sacerdote Julián Carrón, presidente de Comunión y Liberación.
La lista se completa con cuatro expertos -Nuria Calduch, religiosa catalana; Jorge Juan Fernández Sangrador, sacerdote diocesano de Oviedo y director de la BAC; Juan Javier Flores, monje benedictino; y Salvador Pié, sacerdote diocesano de Barcelona-; y el laico Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal.
Por último, forman parte de la Asamblea como colaboradores de la secretaría general del Sínodo el periodista vitoriano Jesús Colina Miranda, director de la Agencia Zenit, como portavoz para los periodistas de lengua española; y los sacerdotes estudiantes en Roma Miguel López Varela y Jorge Zazo Rodríguez.
Los quince documentos de los Sínodos de los Obispos
Aunque no es preceptivo los Sínodos son material que después el Papa hace suyo y amplia en un documento llamado exhortación apostólica postsinodales. Así ha acontecido en quince ocasiones. En otras el documento del Sínodo es fue mensaje final o, en el caso del primer Sínodo (1967), la instrucción Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis. He aquí la relación de las quince exhortaciones apostólicas postsinodales. Entre paréntesis va el nombre del Papa que promulgó el documento, el año del Sínodo –la primera fecha- y el año de la exhortación.
1.- Evangelii nuntiandi (Pablo VI, 1974-1975)
2.- Catechesi tradendae (Juan Pablo II, 1978-1979)
3.- Familiaris consortio (Juan Pablo II, 1980-1981)
4.- Reconciliatio et paenitentia (Juan Pablo II, 1983-1984)
5.- Cristifidelis laici (Juan Pablo II, 1987-1988)
6.- Pastores dabo vobis (Juan Pablo II, 1990-1992)
7.- Ecclesia in Africa (Juan Pablo VI, 1994-1995)
8.- Vita Consecrata (Juan Pablo II, 1994-1996)
9.- Una speranza nouva per il Libano (Juan Pablo II, 1995-1997)
10.-Ecclesia in America (Juan Pablo II, 1997-1999)
11.-Ecclesia in Asia (Juan Pablo II, 1998-1999)
12.-Ecclesia in Oceanía (Juan Pablo II, 1998-2001)
13.-Ecclesia in Europa (Juan Pablo II, 1999-2003)
14.-Pastores gregis (Juan Pablo II, 2001-2003)
15.-Sacramentum caritatis (Benedicto XVI, 2005-2007)
Jesús de las Heras Muela
domingo, 5 de octubre de 2008
El Papa pide mayor testimonio evangélico dentro de la UniversidadConcluye en Bucarest el encuentro sobre Pastoral Universitaria
Bucarest, 30-9-2008.- Es necesario "favorecer una contemplación cada vez más viva de Cristo, verbo del Padre, para suscitar un testimonio evangélico generoso y creciente dentro de las universidades", considera Benedicto XVI.Así lo afirmó en un mensaje a los participantes en el Encuentro Europeo de delegados de pastoral Universitaria, que ha tenido lugar este fin de semana en Bucarest (Rumanía).El encuentro había sido organizado por la Comisión de Catequesis, escuela y universidad del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CECE).El objetivo principal de este encuentro era la preparación de la VII Jornada Europea de los Universitarios, que se celebrará el 14 de marzo próximo en el Aula Pablo VI del Vaticano, así como del Encuentro Europeo de Estudiantes Universitarios, que se celebrará en Castel Gandolfo con el lema "Nuevos discípulos de Emaús: cristianos en la universidad", del 30 de julio al 2 de agosto de 2009.En Bucarest estaban representadas 31 Conferencias Episcopales. Esto, según explicó monseñor Lorenzo Leuzzi, Secretario de la Comisión organizadora, "es el signo de un camino, ante todo de atención a la dimensión europea, lo que subraya también que algo se está moviendo a nivel de Conferencias Episcopales nacionales".Este encuentro, añadió, "favorece también el deseo de crear juntos una red, porque hoy se trata de servir a un mundo universitario en el que cada vez hay más movilidad. El intercambio y la colaboración entre las diversas capellanías universitarias es, por tanto, un servicio cada vez más importante para la vida de los estudiantes".Durante el encuentro, al que por primera vez han acudido representantes de diversos movimientos y asociaciones eclesiales ligados a la pastoral universitaria, se presentaron las diversas situaciones de las pastorales universitarias europeas, con especial atención a Rumanía.Entre las intervenciones, destacó la de Enrico Dal Covolo, profesor de la Pontificia Universidad Salesiana, quien explicó, a partir del Evangelio de los discípulos de Emaús, la importancia de "llevar un anuncio de esperanza y vida nueva a un mundo universitario a menudo marcado por l extravío, y en el que el presunto 'progreso' se revela falaz y dañino para el crecimiento global del hombre"."Lo que ha puesto de manifiesto este encuentro --afirma Ferenc Janka, vice-secretario General de la CCEE-- es la necesidad de un mayor compromiso por parte de estudiantes, profesores, capellanes y obispos diocesanos en las iniciativas de la pastoral universitaria, tanto a nivel local como europeo".Las situaciones de los diversos países "son muy distintas entre sí. Hay países donde la pastoral universitaria está muy metida en la vida de los Ateneos, y otros donde acaba de nacer y apenas ha dado los primeros pasos", añadió Janka. "Lo importante es que todos colaboren para superar esta crisis de la cultura, y para dar vida a un nuevo humanismo en Europa".Por Marina Tomarro, traducción de Inma Álvarez
Bucarest, 30-9-2008.- Es necesario "favorecer una contemplación cada vez más viva de Cristo, verbo del Padre, para suscitar un testimonio evangélico generoso y creciente dentro de las universidades", considera Benedicto XVI.Así lo afirmó en un mensaje a los participantes en el Encuentro Europeo de delegados de pastoral Universitaria, que ha tenido lugar este fin de semana en Bucarest (Rumanía).El encuentro había sido organizado por la Comisión de Catequesis, escuela y universidad del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CECE).El objetivo principal de este encuentro era la preparación de la VII Jornada Europea de los Universitarios, que se celebrará el 14 de marzo próximo en el Aula Pablo VI del Vaticano, así como del Encuentro Europeo de Estudiantes Universitarios, que se celebrará en Castel Gandolfo con el lema "Nuevos discípulos de Emaús: cristianos en la universidad", del 30 de julio al 2 de agosto de 2009.En Bucarest estaban representadas 31 Conferencias Episcopales. Esto, según explicó monseñor Lorenzo Leuzzi, Secretario de la Comisión organizadora, "es el signo de un camino, ante todo de atención a la dimensión europea, lo que subraya también que algo se está moviendo a nivel de Conferencias Episcopales nacionales".Este encuentro, añadió, "favorece también el deseo de crear juntos una red, porque hoy se trata de servir a un mundo universitario en el que cada vez hay más movilidad. El intercambio y la colaboración entre las diversas capellanías universitarias es, por tanto, un servicio cada vez más importante para la vida de los estudiantes".Durante el encuentro, al que por primera vez han acudido representantes de diversos movimientos y asociaciones eclesiales ligados a la pastoral universitaria, se presentaron las diversas situaciones de las pastorales universitarias europeas, con especial atención a Rumanía.Entre las intervenciones, destacó la de Enrico Dal Covolo, profesor de la Pontificia Universidad Salesiana, quien explicó, a partir del Evangelio de los discípulos de Emaús, la importancia de "llevar un anuncio de esperanza y vida nueva a un mundo universitario a menudo marcado por l extravío, y en el que el presunto 'progreso' se revela falaz y dañino para el crecimiento global del hombre"."Lo que ha puesto de manifiesto este encuentro --afirma Ferenc Janka, vice-secretario General de la CCEE-- es la necesidad de un mayor compromiso por parte de estudiantes, profesores, capellanes y obispos diocesanos en las iniciativas de la pastoral universitaria, tanto a nivel local como europeo".Las situaciones de los diversos países "son muy distintas entre sí. Hay países donde la pastoral universitaria está muy metida en la vida de los Ateneos, y otros donde acaba de nacer y apenas ha dado los primeros pasos", añadió Janka. "Lo importante es que todos colaboren para superar esta crisis de la cultura, y para dar vida a un nuevo humanismo en Europa".Por Marina Tomarro, traducción de Inma Álvarez
viernes, 23 de mayo de 2008
Homilía de Benedicto XVI en el Corpus ChristiEn la misa celebrada ante la Basílica de San Juan de Letrán
ROMA, jueves, 22 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este jueves, solemnidad del Corpus Christi, al presidir la celebración eucarística en la plaza de la Basílica de San Juan de Letrán.
* * *
Queridos hermanos y hermanas:
Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses --primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual--, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús.
¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.
Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.
Reunirse en la presencia del Señor
El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).
Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.
Caminar con el Señor
El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?
La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.
Arrodillarse en adoración ante el Señor
Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).
Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.
Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
ROMA, jueves, 22 mayo 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este jueves, solemnidad del Corpus Christi, al presidir la celebración eucarística en la plaza de la Basílica de San Juan de Letrán.
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Queridos hermanos y hermanas:
Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses --primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual--, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús.
¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.
Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.
Reunirse en la presencia del Señor
El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).
Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.
Caminar con el Señor
El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?
La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.
Arrodillarse en adoración ante el Señor
Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).
Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.
Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina
© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana]
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